AL FINAL SE ENCUENTRA AL PADRE
POR LA ÚLTIMA NOVELA DE ALBERTO ACOSTA,
“ESTACIÓN DE SERVICIO”
EDICIONES amerindia
Santa Rosa - La Pampa - Argentina
Diciembre 2012
Se ha dicho que el siglo XX ha sido el siglo de la búsqueda del padre, sobre todo por el hijo varón. Imposible de hallarlo, lo reemplazó por líderes, tiranos e ídolos de estadio. Al parecer hoy el padre sigue igual de extraviado.
¿Dónde estuvo?
En la incomunicación, en la voz contenida.
El padre ha sido el que salía a pelear el sustento para su grey, un guerrero, un salvaje. En su ausencia, era una figura amenazante cuando los hijos desobedecían y la madre les disparaba: “Ya van a ver cuando su padre llegue”. Su poder patriarcal se filtraba en el discurso de la mujer. O el padre moría en la guerra. O no sabía qué decir cuando llegaba el momento de hablarles de sexualidad a sus hijos (¡Y estabas en el siglo de Freud, papá!). O les hablaba, pero de pura teoría, nada de experiencia propia. Y los chicos lo captaban, porque ellos captan todo, como decían los teóricos que escribían el argumento que el padre repetía de memoria. Pero si todo lo captaban, para qué hablarles de sexo ni de nada.
En épocas durísimas, el padre pasó largos períodos en lugares desconocidos, trabajando de esclavo. También desapareció en la militancia política, en una dictadura apoyada por los que después no sabrán nada, el pueblo inocente. Y hubo otro tipo de desaparecido, como dijo una chica hace años: el padre que en nombre de una ideología se borró de su casa. Fue un desaparecido afectivo.
O el padre fue desconocido por la esposa sobreprotectora de sus hijos, ocultándoles la historia paterna, su familia y su voz. O el divorcio de ambos sirvió para que ella le pasara una cuenta bien alta: le puso a sus hijos en contra, victimizándose.
O en los últimos tiempos, el padre se volvió tan permisivo que pasó a ser un hermano más, un tilingo, un tarado.
A veces, la forma de encontrarlo fue al final de su vida, en la enfermedad, la agonía y la muerte. Este es el encuentro que sucede en la última novela de Alberto Acosta, “Estación de servicio”. Un hijo narra la historia con su padre, va y viene del presente al pasado. El tiempo es un reloj que avanza y retrocede, sacudiendo los recuerdos, haciendo vacilar la inmediatez, instante tras instante. Cada capítulo está encabezado por una hora exacta, algunos son cortos, a la manera de las notas en un diario personal.
Su padre se está muriendo. El hijo vela su agonía y desde ella repasa su vida. Es un viaje de regreso por una llanura desolada. Han pasado veinte años, vuelve a ver la estación de servicio junto al taller de su padre. Además de un lugar físico, la “estación de servicio” que es un sitio de paso ¿será metáfora del momento, la edad, la etapa, en que el hijo sirve al padre ayudándolo a morir como él lo ayudó a nacer y criarse, con todas las faltas y los desentendimientos? Donde leemos “estación de servicio”, ¿también podemos leer “estación terminal”?
El narrador es un retirado de su origen, porque éste, o le es hostil o lo hace sentir fuera de lugar: su padre fue un pragmático, un mecánico, un hombre de oficio duro y preciso; el hijo es incapaz de ser un técnico en el sentido manual: él necesita sublimar, simbolizar, transfigurar la experiencia, es un artista, saca fotos, percibe el tiempo como los compases de la música, no como un flujo continuo. Las resistencias a un padre que vivió entre fierros, se corresponden con un hijo sensible a las imágenes abstractas. Un párrafo del prólogo de Dora Battiston resume la atmósfera de una constante en torno a la cual se desarrolla el argumento: “El lugar –la casa, la estación de servicio- determina un efecto hipnótico: desconocer la realidad en sus formas, acentuar la introversión, el extrañamiento que viene de la imposibilidad de comunicar y el sueño recurrente que intenta definir la palabra no dicha en la historia familiar”. Ese extrañamiento ya se da en una pensión de estudiantes y trabajadores cuando uno de los inquilinos pierde el habla y el narrador descubre, escuchando la Cabalgata de las Valkirias, de Wagner, que sus medias palabras se adaptarían a la melodía principal de la obra. Ese descubrimiento parece que desdoblara al protagonista. Igual que cuando cuenta que su abuela pisaba uvas en el patio para hacer vino, y de pronto confiesa que no es cierto. Por eso al recordar el día que su madre deja al padre, vuelve a expresar esa extrañeza, esta vez con una metáfora sonora: “Aquella detonación familiar produjo un ruido sordo, fuera del alcance del oído humano. Pero ¿y antes? ¿había felicidad?”.
Como en toda familia, en ésta también hay algo que no se dice y que nunca se dirá.
La defensa de la mujer está inspirada en este hecho decisivo en su vida. Su hermana y su esposa representan la sangre menstrual y la sangre del parto: una es el ciclo del ensayo vital y la otra la consumación de dar vida. En el nacimiento de su hijo se le revela simultáneamente la entrada a la vida y a la muerte de un ser. O mejor: “Las mujeres paren a caballo de las tumbas”, como decía Beckett. La fosa del taller es la tumba abierta en la imaginación del narrador, donde el hierro y la carne, la grasa y el sudor comparten una misma escatología, la del padre que como un dios calculador anima los mecanismos de los motores y los pensamientos recurrentes de un hijo que en su escepticismo está implícito el cinismo de su progenitor, una cierta admiración, casi orgullo por él.
El padre ha sido una tumba en muchos aspectos para el hijo y pronto lo será para siempre. Pero no pierde el habla como el pensionista; balbucea el nombre de un personaje que gesticula desde el delirio, en la creciente inconsciencia que remueve las imágenes más primarias, otro enigma para su hijo. Es todo lo que tiene para confesar; si todo fue dicho a medias por este hombre en la lucidez, ahora en la agonía evoca un desconocido, nada que ver con su hijo, que sólo está para narrar, el que poco antes en un capítulo inolvidable, de una sola frase, ha escrito: “La enfermedad de Papá no se nombra” .
Así esta novela despliega detalles de una existencia signada por sentimientos, fracasos y destellos de comprensión vital, lo que hace que ésta sea la novela más depurada de Alberto Acosta. Porque depende menos de las contingencias, se ha distanciado de lo obvio, porque como el narrador dice nada lo es, “lo obvio sólo puede generalizarse en un mundo donde impera la TV ”. No hay representación, ni siquiera las fotos de R. Joaquín Rodríguez se puede decir que ilustren el texto, se las llama “imágenes”, no fotos, forman parte del argumento, si recordamos que el narrador es un fotógrafo. ¿El ilustrador termina siendo el narrador? ¿O el narrador hace suyas las fotos? Fascinante alteridad. Detrás de estas imágenes hay una atracción por la decrepitud de ciertos espacios. ¿Será porque las fotos en sepia o en blanco y negro están más cerca de los negativos que se revelaban en los viejos laboratorios que de la realidad sensorial, y son espectros en un álbum de autos, casas y galpones dejados a mitad de camino?
Acaso todo el realismo, la historia y las crónicas desenterradas de los hechos que cruzaron el devenir, no sean sino esto: fantasmas, espejismos, o, como se ha dicho, una pesadilla de la que no se consigue despertar. La imaginación, por eso, tiene un futuro que las cosas muertas no poseen, por más que sean investigadas y sirvan para documentar ciertas pruebas de lo que fue. Y esta novela, que se centra en la agonía de un padre para avanzar y retroceder en planos de una memoria espectral, paradójicamente entra en el futuro al repensar la paternidad y de alguna manera reescribirla, no ya desde la contención férrea sino desde la vulnerabilidad. La imagen del padre deja de ser una apariencia para transformarse en una aceptación de fondo que despierta la piedad filial. Las debilidades que el hijo reconozca en él, alivianarán el peso de la herencia y valorizarán sus virtudes. Casi al terminar el libro, el narrador repara que se llama Horacio y se dice que alguien tiene que contar la historia, repitiendo el legado que Hamlet le da a su amigo Horacio antes de morir. Falta un capítulo para que el padre esté más cerca de la muerte. Pareciera que recién ahí el narrador va a contar la historia y que estamos leyendo lo que aún no ha sucedido. “Ya falta poco, dice el médico”. El narrador se prepara para empezar su historia por el final. Al encuentro de su padre, por fin.
Miguel de la Cruz
Una de las fotos de R. Joaquín Rodríguez que ilustran el libro

