Este blog está dedicado a un lector.

Se llamaba Domingo Gentile.

Al final de cada libro suyo consta las fechas en que lo leyó y releyó, en períodos que van, por ejemplo, desde el 13 de Septiembre de 1928 al 14 de Febrero de 1943 y el 16 de Noviembre de 1953, todos de muy fina encuadernación y armado como eran las ediciones de aquellas épocas. Algunos de los autores son: Zola, Dostoievsky, Heine, Eça de Queiroz.

La biblioteca de la Cooperativa Popular de Electricidad de Santa Rosa, lleva el nombre de Domingo Gentile.


domingo, 13 de marzo de 2016

Dos grabadores catalanes




DISTINTOS EN SU DISCRECIÓN
                                

   Los dos viven en Lleida, una ciudad de Cataluña, son de allí, de la misma generación, apenas se llevan tres años: Josep Mateu tiene 60; Antoni Vidal, 57. Ahora, qué distintos en sus grabados, lo que es fácil de ver, lo que el título de su exposición -“Dicotomía”- reafirma: una muestra dividida en dos partes por imágenes abstractas y figurativas que demarcan su carácter de opuestas.
   Pero hay algo de ciencia en los dos, en el sentido de que buscan la precisión y el experimento en el proceso de sus imágenes, fuera de que el grabado –o por eso- comprende de por sí unas técnicas de lo más pulcras en pasos bien calculados.
     Tal vez Josep sea el más medido de los dos; su imagen se sustenta en una idea de construcción a través de una arquitectura abstracta. No hay que olvidar que él es escultor. El tipo de grabado que hace, le permite descubrir espacios que puede proyectar a la escultura.
    A Antoni, en cambio, le obsesiona el cuerpo vital y mórbido, el de la figura humana, pero también  el de otros animales, el de los vegetales. Porque todos se fusionan en algún aspecto, ya vamos a ver por qué.

                                                     "Efímero", Antoni P. Vidal



                                              Serie "Fragmentos", Josep Mateu

   Volviendo a Josep, sus obras están dispuestas a dúo, imponiéndose a primera vista por unos planos tan concisos que generan espacios de contemplación individualizada, focal, y a la vez, cuando uno mira o imagina el conjunto, surge un ritmo de verticales y horizontales; lo estático pasa ser una secuencia de alturas y profundidades. Con un mínimo de colores (todo es mínimo en su imagen), crea vacíos y llenos. El negro predomina, ahondando la superficie, dejando adelante las otras presencias geométricas, en rojos y azules que toman distancia entre sí, con un blanco crudo de fondo. Otro tanto hacen los plateados y dorados que por sus brillos reflectivos de un delicado papel, modifican el espacio de acuerdo a la posición desde donde se observe la obra. Esta es una zona de collage. Todo esto mirado a cierta distancia. De cerca hay algo más: se advierten las rebabas de la impresión, las texturas por debajo de los brillos, lo que a Josep le gusta resaltar. Como él dice, su técnica es simple como su obra. Lo que hace es estampar plantillas de formas rectangulares sobre el papel de soporte. Visto esto, pasamos de una asepsia constructiva a una geometría sensible. Esta materialidad recuerda a lo que Josep cuenta de sus esculturas: que en ellas emplea materiales reciclados y de distintas procedencias, de aluminio a madera.



                                               Serie "Fragmentos", Josep Mateu

   También Antoni es un recolector. Lo hace cuando va al mar, donde tiene una casita, cerca de la desembocadura del río Ebro, al sur de Cataluña. Allí cada tanto se pasa una semana, nadando y juntando algas, conchas, deshechos que vienen de alta mar a la playa. Es toda una actitud que se corresponde con una  cierta clasificación y que va a fusionar, como dijimos antes, en una mezcla animal, vegetal y anatómica. Tiene dos pares de obras tituladas con nombres científicos. Son algas. Algunas tangibles y a su lado, la forma de ellas, caladas, como improntas vacías. En las otras dos obras, se percibe al tacto un alga  de ramificaciones que remiten a dendritas de una red neuronal,  e inmediatamente, en espejo, el símil pero insensible al roce. Una es real; la otra, idéntica, es una foto digital. Entre las dos forman la cabellera de una cabeza humana; el rostro en blanco, otro vacío. Otra imita a una lámina de anatomía antigua, el tejido nervioso, la disección de un riñón, un cerebro de lado con un insecto posado en su cisura de un tamaño que enseguida se asocia a la distorsión alucinatoria, surreal, poniendo fuera de sí  la aparente verosimilitud de la lámina. En un par de obras, lo efímero está simbolizado por una granada y un tomate, vistos de afuera y adentro, y por supuesto, al lado una mosca, lo que hace pensar en la  manzana que pintó Caravaggio en una naturaleza muerta, en estado de descomposición. De todo lo dicho sobre esta fusión, hay una obra que la concentra, agrupando todos sus signos. Se llama “Buscando escondrijos” y representa una espesura vegetal donde se superponen insectos de varias intensidades visuales, hojas, transparencias, fulgores, trasluces y contraluces, rojos, amarillos, verdes, negros, y las técnicas de la xilografía, la foto digital, el aguatinta. Los insectos calados guían, por así decirlo, una secuencia de láminas que describe momentos de un paisaje cuasi tenebroso, de escondites, de concavidades ignotas.



                                                    "Mediterráneo" Antoni P. Vidal

   Por último, al ver todo, uno tiene la tentación de acercar ambas estéticas, porque -aunque en las antípodas visuales- coinciden en un refinamiento de detalles y medios, como si fueran notas de una discreta intimidad en sus formatos más o menos pequeños, dentro de un Museo que hace más de cien años era la casa de huéspedes del fundador de la Ciudad, y que hoy alberga estas obras, en apenas dos salas. Un arte a su medida.


                                                                                 Miguel de la Cruz

                                                                                    Museo de Artes