DISTINTOS
EN SU DISCRECIÓN
Los dos viven en Lleida, una ciudad de
Cataluña, son de allí, de la misma generación, apenas se llevan tres años:
Josep Mateu tiene 60; Antoni Vidal, 57. Ahora, qué distintos en sus grabados,
lo que es fácil de ver, lo que el título de su exposición -“Dicotomía”-
reafirma: una muestra dividida en dos partes por imágenes abstractas y
figurativas que demarcan su carácter de opuestas.
Pero hay algo de ciencia en los dos, en el
sentido de que buscan la precisión y el experimento en el proceso de sus
imágenes, fuera de que el grabado –o por eso- comprende de por sí unas técnicas
de lo más pulcras en pasos bien calculados.
Tal vez Josep sea el más medido de los
dos; su imagen se sustenta en una idea de construcción a través de una
arquitectura abstracta. No hay que olvidar que él es escultor. El tipo de grabado
que hace, le permite descubrir espacios que puede proyectar a la escultura.
A Antoni, en cambio, le obsesiona el cuerpo
vital y mórbido, el de la figura humana, pero también el de otros animales, el de los vegetales.
Porque todos se fusionan en algún aspecto, ya vamos a ver por qué.
"Efímero", Antoni P. Vidal
Serie "Fragmentos", Josep Mateu
Volviendo a Josep, sus obras están dispuestas
a dúo, imponiéndose a primera vista por unos planos tan concisos que generan
espacios de contemplación individualizada, focal, y a la vez, cuando uno mira o
imagina el conjunto, surge un ritmo de verticales y horizontales; lo estático
pasa ser una secuencia de alturas y profundidades. Con un mínimo de colores
(todo es mínimo en su imagen), crea vacíos y llenos. El negro predomina,
ahondando la superficie, dejando adelante las otras presencias geométricas, en
rojos y azules que toman distancia entre sí, con un blanco crudo de fondo. Otro
tanto hacen los plateados y dorados que por sus brillos reflectivos de un
delicado papel, modifican el espacio de acuerdo a la posición desde donde se
observe la obra. Esta es una zona de collage. Todo esto mirado a cierta
distancia. De cerca hay algo más: se advierten las rebabas de la impresión, las
texturas por debajo de los brillos, lo que a Josep le gusta resaltar. Como él
dice, su técnica es simple como su obra. Lo que hace es estampar plantillas de
formas rectangulares sobre el papel de soporte. Visto esto, pasamos de una
asepsia constructiva a una geometría sensible. Esta materialidad recuerda a lo
que Josep cuenta de sus esculturas: que en ellas emplea materiales reciclados y
de distintas procedencias, de aluminio a madera.
Serie "Fragmentos", Josep Mateu
También Antoni es un recolector. Lo hace
cuando va al mar, donde tiene una casita, cerca de la desembocadura del río
Ebro, al sur de Cataluña. Allí cada tanto se pasa una semana, nadando y
juntando algas, conchas, deshechos que vienen de alta mar a la playa. Es toda
una actitud que se corresponde con una cierta clasificación y que va a fusionar, como
dijimos antes, en una mezcla animal, vegetal y anatómica. Tiene dos pares de
obras tituladas con nombres científicos. Son algas. Algunas tangibles y a su
lado, la forma de ellas, caladas, como improntas vacías. En las otras dos
obras, se percibe al tacto un alga de
ramificaciones que remiten a dendritas de una red neuronal, e inmediatamente, en espejo, el símil pero
insensible al roce. Una es real; la otra, idéntica, es una foto digital. Entre
las dos forman la cabellera de una cabeza humana; el rostro en blanco, otro
vacío. Otra imita a una lámina de anatomía antigua, el tejido nervioso, la
disección de un riñón, un cerebro de lado con un insecto posado en su cisura de
un tamaño que enseguida se asocia a la distorsión alucinatoria, surreal,
poniendo fuera de sí la aparente
verosimilitud de la lámina. En un par de obras, lo efímero está simbolizado por
una granada y un tomate, vistos de afuera y adentro, y por supuesto, al lado
una mosca, lo que hace pensar en la manzana que pintó Caravaggio en una naturaleza
muerta, en estado de descomposición. De todo lo dicho sobre esta fusión, hay una
obra que la concentra, agrupando todos sus signos. Se llama “Buscando
escondrijos” y representa una espesura vegetal donde se superponen insectos de
varias intensidades visuales, hojas, transparencias, fulgores, trasluces y
contraluces, rojos, amarillos, verdes, negros, y las técnicas de la xilografía,
la foto digital, el aguatinta. Los insectos calados guían, por así decirlo, una
secuencia de láminas que describe momentos de un paisaje cuasi tenebroso, de
escondites, de concavidades ignotas.
"Mediterráneo" Antoni P. Vidal
Por último, al ver todo, uno tiene la
tentación de acercar ambas estéticas, porque -aunque en las antípodas visuales-
coinciden en un refinamiento de detalles y medios, como si fueran notas de una discreta
intimidad en sus formatos más o menos pequeños, dentro de un Museo que hace más
de cien años era la casa de huéspedes del fundador de la Ciudad, y que hoy
alberga estas obras, en apenas dos salas. Un arte a su medida.
Miguel de la Cruz
Museo de Artes