DIÁLOGOS DE UNA ÉPOCA CRÍTICA
Con 65 capítulos breves, en números romanos y la palabra Fin en la última página como en las novelas del siglo XIX, “Moradas de primavera”, es la primera novela que publica Martha Bernal, radicada en General Pico hace años, conocida hasta ahora por un libro de poemas -”Sortilegios de nieblas”, Ediciones Ultimo Reino, Bs.As., 1995, y por artículos publicados en Caldenia, el suplemento cultural del diario La Arena- . En honor a la estación del año que le da el título, el libro fue publicado en septiembre del año pasado por la Editorial Dunken que ya ha editado obras de unos cuantos escritores pampeanos. La brevedad de esos capítulos y la fluidez de los diálogos, hacen que se lea de un tirón si se es un lector que se deja llevar por la claridad de estilo y argumento; o si uno es un lector que se toma sus tiempos para respirar después de cada pasaje o frase particular, entonces relee, vuelve al principio, a la mitad, a ciertos conflictos, cada uno de los cuales se presentan en cuadros que no necesariamente son sucesivos sino que pueden ser claves simultáneas de una historia personal y colectiva.
En gran parte, los diálogos emergen en la situación que abre un capítulo, con la particularidad de que suenan a que están empezados, aunque siempre tomados en el nudo del tema que se habla.
La novela está situada en La Plata en 1973. Empieza en enero, una de las protagonistas llega a una casa antigua, misteriosa, viene de un tren, como si en un sueño hubiera pactado con un diablo, marcada por la época de una juventud que milita políticamente movida por ideales de liberación. Pero ella es esquiva a su tiempo. Se llama Ana. Tiene un mal de amor. La filosofía es su escudo en la guerra de las pasiones y la realidad. Viene a estudiarla, a hacer del amor al saber una carrera en la universidad. Más tarde se dará cuenta que los conflictos están en las emociones y se los resuelve desde la psicología, pero ya es tarde, le queda discutirla con sus amigos.
Los protagonistas se mueven en un grupo de estudiantes que conviven con la sensación de que sus carreras universitarias son eternas. Es un ambiente de pereza y vaguedad que favorece estados de ánimos inestables, un querer y no poder, la dependencia de un compinche para decidir sobre el estudio, la relación amorosa contrariada por los pensamientos adversos a la entrega total, también la ambigüedad sexual, el conflicto entre racionalismo y misticismo, lo que suele derivar en una duda amarga y aún fatalista, cercana al estancamiento más que a la expansión de la existencia.
Son casi todos personajes jóvenes, pero en su devenir dan la impresión de que sus conflictos perdurarán hasta más allá de su madurez; como le dice a Ana un siloísta: “Vos estás enferma de palabras, como todos los literatos, no decís lo que sentís, sino lo que sintieron otros”.
Ana roza por momentos el snobismo de una clase intelectual argentina que hace culto del psicoanálisis y consume alguna droga para soportar el extravío en los cálculos rígidos y los mitos que sostienen la realidad.
Ana y René son los personajes dominantes, mientras que Claudio (el amor imposible de Ana) de alguna manera forma parte de los personajes tangenciales que desencadenan acciones, y las acciones son tensiones verbales, deseos que no encuentran el placer de una correspondencia.
“Moradas de primavera” plantea un debate con la versión altisonante de que en esa época el pueblo estaba esclarecido y que perdió la memoria por la represión. “Ese pueblo -como le dice Ana a su amigo Manuel-, si estuviera arriba, sería tan hijo de puta como los que ahora están arriba. Mirá, yo no creo en un mundo arriba malo y en un mundo de abajo bueno. Creo, en todo caso, como decía Platón, que hay hombres de oro en todos los estamentos y hombres de barro también en todos.” El rechazo a las masas y las críticas a la juventud peronista, en la voz de Ana, son indicios de que en esa época había una minoría que en su pesimismo advertía sobre la traición de los dirigentes y la masacre que se venía a manos de la derecha peronista y la dictadura militar, con la complacencia de buena parte de la sociedad. Esta percepción tal vez siga siendo un sentimiento reprimido que aún se esconde bajo las reivindicaciones acríticas de aquella generación.
Casi a la mitad del libro, se va anticipando el final de una utopía y la novela entra poco a poco a enumerar una serie de cuadros sociológicos, psicológicos y artístico-literarios que irán desembocando hacia la aceptación de la melancolía y una mitología de la infancia, como una regresión a lo elemental y al término de una aventura. Esa clave está en el capítulo titulado precisamente “Fin de la ilusión”, cuando René rememora las palabras de Perón en la Plaza de Mayo, al que no lo nombra sino con un minúsculo “el viejo”. Es un 1º de Julio que va a definir la orfandad de una juventud que creía en un líder como en un padre omnisciente y que en la fecha de su muerte revive, además, el recuerdo de su deslealtad. René, que adhiere a los Montoneros o a la JP (aunque tampoco los nombra), describe el desbande de la Plaza, cuando el tono despectivo y desleal de Perón los expulsa de su Movimiento y la Plaza literalmente se va vaciando.
Unas páginas después, Ana reafirmará en complicidad con un personaje de aparición tardía, su amigo Jorge, la necesidad de oponerse a cualquier dogmatismo que haga perder de vista la libertad de la persona concreta, pensante, que sopesa las posibilidades de las circunstancias. Y con esta posición se preanuncia la diversidad que hoy se plantea, tal vez en un momento crucial para la humanidad.
La novela es una aventura de cinco años que cierra con un regreso al punto de partida. El terror de la Dictadura que empieza, hace que los deseos se replieguen a una intimidad que si antes estaba movida por las vivencias cambiantes, ahora ocupa el lugar del ocultamiento, una juventud se ha quemado no ya como etapa vital, sino como sueño renovador que se va transformando en pesadilla, desaparición de los cuerpos y de las identidades.
Una novela que hacía falta, para leer un pasado desde otro punto de vista que no fuera el meramente evocativo, sino el de un diálogo puesto a prueba por las múltiples facetas de la condición humana.
Miguel de la Cruz
APUNTES SOBRE MORADAS DE PRIMAVERA
Moradas de
primavera es una novela de de aprendizaje, una novela que trata de la búsqueda
de sí mismo, del sentido de la propia existencia, de la identidad, del estar en
el mundo. Es una novela políticamente incorrecta, que no adscribe a un
entusiasmo patriótico o épico, ni al deslumbramiento por el heroísmo de una
época, ni canta loas a la “juventud maravillosa” de los 70. Más bien observa
con una ironía impiadosa -tal vez fruto de los pocos años de la narradora o
porque todo pasa a través de sus estados
de ánimo- el clima político de una
intensa etapa de la historia reciente de la Argentina.
Los personajes que secundan a Ana también buscan, desde
distintos ángulos: Alberto oscila entre su vocación religiosa y su
mundanidad, Claudio indaga su presunto talento,
René su identidad sexual en un difícil momento para las posiciones heterodoxas.
La Plata es el escenario donde convergen los proyectos de
estudiantes del interior y de los países aledaños, que no se sienten
precisamente en su casa en una Argentina que no encaja demasiado con el resto
de los países latinoamericanos. Y también hay estudiantes europeos que observan
con curiosidad los conflictos habituales, ausentes en sus países.
Ana, con su soberbia y su solipsismo, personaje de difícil
identificación para el lector –supongo- representa algo muy distinto del
paradigma estudiantil que se pretende representativo de la década de los 70.
Moradas de primavera es algo así como un viaje iniciático:
el tren representa el comienzo de ese
viaje que arranca desde la inmovilidad de la llanura y cierra el círculo con el
regreso iluminado por la expectativa de una vida diferente, una expectativa que
acaso enmascare el fracaso de no haber encontrado el destino soñado o tal vez
la convicción de que la verdad siempre se refugia en los orígenes.
Fragmento del capítulo LVI. Signos de perversión
(…) Lo cierto es que
un día me invitaron a una conferencia, en una especie de antro que tenían. La
conferencia se titulaba: “¿Peronismo o Sinarquía?”. Mi primera reacción fue ir.
Después escuché voces de izquierda y no fui. Pero me quedé siempre con esa
intriga, como que había perdido algo importante. A menudo llené de imágenes ese
espacio abierto, ese espacio vacío en mi imaginación. Esa tarde que no viví. Yo
los miraba, ahí en la facu, como a seres muy distintos con los que seguramente
no compartiría casi nada, pero eran un mundo al que me hubiera gustado
asomarme. Por otra parte, tampoco me identificaba demasiado con las izquierdas.
Ni con la peronista ni con las otras. Claudio se burlaba cordialmente del
profesor de Latín. Casi todos lo odiaban o más bien le tenían miedo. Yo, por el
contrario, lo buscaba, lo provocaba con mis preguntas. Me sentaba al lado
(nadie lo hacía si podía evitarlo). Recuerdo que Claudio decía: “Pobre viejo,
le va a dar un infarto, entre tu minifalda y tus preguntas”. Y nada, yo,
irreverentemente, me sentaba y lo
cuestionaba. Una vez se enojó, creí que me echaría de la clase. Pero no, se ve
que confiaba llevarme para su molino.
La Plata está en el centro de mi obra. No sólo en esta
novela, sino en otra también y en los relatos. La Plata contiene el alfa y el
omega, como digo en un poema. Encierra la adolescencia, el despertar a otras
realidades y un destino que pudo haber sido.
Martha Bernal
Martha Bernal vive en la provincia de La Pampa. Estudió Filosofía y Letras
en la Universidad Nacional de La Plata. Escribe desde la adolescencia. Publicó
Sortilegio de nieblas (poemas, Ediciones Ultimo Reino) y Moradas de primavera
(novela, Ediciones Dunken).Participó de antologías varias y colaboró en
publicaciones de su provincia.