Este blog está dedicado a un lector.

Se llamaba Domingo Gentile.

Al final de cada libro suyo consta las fechas en que lo leyó y releyó, en períodos que van, por ejemplo, desde el 13 de Septiembre de 1928 al 14 de Febrero de 1943 y el 16 de Noviembre de 1953, todos de muy fina encuadernación y armado como eran las ediciones de aquellas épocas. Algunos de los autores son: Zola, Dostoievsky, Heine, Eça de Queiroz.

La biblioteca de la Cooperativa Popular de Electricidad de Santa Rosa, lleva el nombre de Domingo Gentile.


martes, 29 de octubre de 2019

¿POR QUÉ LEER A SENAC?




   Sí, ¿por qué leerlo? Y, sobre todo, ¿por qué leer El viento que pasa, su último libro publicado?
   Porque no se atiene a una época.
   ¿Y cuál sería la ventaja de esto?
    Que su escritura trae al presente las sensibilidades de un pasado más o menos lejano, y también contemporáneo, que nos hacen comprender las sintonías y carencias de nuestra actualidad, por contrastes, por procedencias, por singularidades. Y no hay uno que se imponga sobre otro. Es como si cada uno de esos pasados literarios, desde una posición, nos hiciera un lugar para ampliar nuestra visión. Y es en la particularidad de cada uno de los 23 autores que Eduardo Senac comenta, donde reside la pluralidad de su gusto, el encanto que persiste en él como lector y que nos contagia.  
 

   Pareciera que Senac no puede escribir solo, siempre lo acompañan escritores ya muertos como si fueran fantasmas. No puede escribir sino es en medio de una pasión serena y de a ratos ardiente que él llama Literatura. Pero, considerando que este libro es una biografía de estos autores, tendríamos que ir más allá de cada uno de ellos y centrarnos en uno solo, el principal, el biógrafo, para aclararnos: esta es la (auto)biografía del lector Senac. Una biografía salvaje en medio del viento que pasa. Esta sería la metáfora del título. Implícitamente es un homenaje a la reseña, a la crónica existencial, al misterio de ciertas vidas dentro y fuera de sus obras. Senac dan ganas de leer, no sólo a él, sino a los otros. Ni hablar en este libro: uno quiere releer lo que conoce y salir a buscar lo que ignora, si no lo que ha subestimado.
 

   Como Borges, Senac es un lector agradecido. En este último libro, se suceden comentarios de obras determinadas en torno a las experiencias vitales y artísticas de su autor. En algún aspecto -el de la brevedad, más cierto tono aséptico al referirse a los temas- se lo podría vincular con las presentaciones que hacía Borges de los autores seleccionados para las ediciones de su Biblioteca Personal que Hyispamérica publicó en los años 80. Sin embargo, hay más opinión que en Borges y arriesga alguna suposición de sus vidas como hizo Marcel Schwob en Vidas imaginarias, tomando escritores reales, legendarios y personajes ficcionales.
   

   Tiene hallazgos iluminadores como en otros libros. Hay dos que me sacudieron y que no voy a olvidar nunca. Uno es cuando dice que Faulkner “inventó el género de los que escriben como si estuvieran soñando”. Es la definición que uno necesita frente a un estilo, como el de Faulkner, donde la simultaneidad de tiempos y espacios provocan en la lectura una vaguedad por momentos inconexa entre las situaciones, a pesar de la lentitud minuciosa de la narración. Otro es cuando se refiere a las Leyendas de Guatemala, de Miguel Ángel Asturias: “Quizás todo buen libro sea el principio de una cosmogonía. En tal caso un maestro del género sería Miguel de Asturias (sic), quien fusionó una técnica nebular y poética con el sagrado mandato de explicar el mundo”.
    En todos los comentarios, se dan este tipo de aciertos que abren un centro en torno a una figura o a un concepto; aun sobre el final del texto, una frase esclarece una personalidad, una idea, un punto de vista. Las hay más totalizadoras, de una filosofía que integra al hombre al devenir cósmico, siguiendo una misma dirección, como al final del análisis que hace de Bartleby el escribiente, de Melville, cuando nos recuerda que la “ensoñación o en el caso de Bartleby el suspenderse con firmeza (…) basta para asombrar y corromper el tejido viviente que se mueve como un río a nuestras espaldas, el que nos ahoga con sus días todo alrededor”. 
   A Carlos Castaneda le dedica una explicación detallada y sintética de lo que son los chamanes en general y no tanto el caso puntual de Juan Matus, el chamán con quien se relacionó durante años este antropólogo que tiene, como Homero, varias fechas y lugares de nacimiento, según las versiones. De Máximo Gorki dice que “opina a través de sus descripciones”. Se incluyen autores que los intelectuales académicos y críticos literarios no se les ocurriría ponerlos al lado de aquéllos que son sus consagrados, por no responder a un canon, lo que significaría un desprestigio para su profesión y su currículum. Los autores conviven en este libro; de hecho, algunos, ya comentados, ingresan a comentarios posteriores para que el lector recuerde sus características, en este caso, y para asimilar mejor el texto presente, sea por oposición o coincidencia.
    Da la impresión de que Senac se permite un repaso de sí mismo con esta selección, que no es otra que la de sus lecturas más primigenias, las que le enseñaron a amar la experiencia, la imaginación, la percepción y todo lo que tiene que ver con animarse a leer la realidad como un libro. 
   Un escritor o un pensador de un siglo remoto convive con un misántropo, un chamán secreto con un orador místico, un personaje con un actor que necesita amor.





  Cuando Eduardo me envió el libro, le escribí un mail para decirle: que la tapa me había deslumbrado a primera vista. No vi un color gráfico sino una luz tostada; luego los tonos casi ocres, mostazas, ladrillos, terracotas. Y en ese color con sus tonos se integran unas espigas -o un pasto lacio coronado de semillas- de trazo y mirada orientales contra un crepúsculo entre arenoso, de resplandor incendiario, de viento que lleva en andas un polvo imperial. Esa fue mi visión: también las letras, un poco más subidas de tono, pero impregnadas de la misma temperatura. El enternecedor logo de su blog El Lobo Estepario aullándole a la inmensidad del viento que pasa. Después vino esa alegría de saber que has creado tu propio sello editorial (precisamente: Ediciones El Lobo Estepario) y que lo has iniciado con este libro.
    Le decía, también, al leer el segundo autor comentado, Albert Camus, que El extranjero es uno de mis libros preferidos; lo quiero más que a La peste, que tal vez sea más elaborada como novela.  Es un tipo de relato breve donde narración y argumento conservan la misma intensidad de ritmo e intriga a lo largo del texto. Eso mismo me ha provocado La metamorfosis, La muerte de Iván Ilich y El capote. De este libro de Camus me identifiqué con el extrañamiento, ya desde el comienzo, cuando el protagonista recibe la noticia de la muerte de su madre y toma esa distancia pensativa, neutra, que le hace decir: “Hoy ha muerto mamá. O quizás ayer. Recibí un telegrama del asilo: (…) Pero no quiere decir nada. Quizás haya sido ayer”. No sé, hay una parquedad en estas expresiones que desplaza la realidad habitual y esclarece la circunstancia con una lucidez propia de una conciencia que se extraña de sí misma ante lo inevitable, por la forma de anunciarse, en palabras cortas, desde una crudeza impersonal. También ese tipo de extrañamiento me dejó en suspenso cuando leí en tu libro La precisión de la fiebre: "Puse un disco para que escuche un amigo, que de todos modos es la gran bienvenida que me doy cuando llego a mi casa al salir del diario. La tercera canción era el “Himno a la noche” cantado por un coro francés que hubiese jurado que estaba casi fuera de este mundo, que era cosa de ángeles. La canción corría y Gabriel Reinhard, sentado en el sillón de enfrente, me dice por sobre las voces que salían de las bocas invisibles de la noche: 'Es inútil, la humanidad no puede terminar bien'.  Fue una conclusión que no espera respuesta, pero aún yo no sé por qué habrá dicho eso”.
  Y volvés a señalar ese final humano en este libro con tu propia voz: "... la fuerte actividad moralista, que viaja en todos los hombres, factores que nos pierden, y por los cuales deduzco que la humanidad no puede salvarse".
    También me extraña, cuando el extranjero, Meursault (también lo conozco como Mersault), está asomado un domingo a una terraza y ve pasar un camión con hinchas de fútbol exaltados y uno le grita: "¡Les ganamos!" Y él, desde arriba, dice: "Sí", sacudiendo la cabeza”. A pesar que Camus decía que le debía mucho al fútbol, el personaje parece contradecirlo.
      ¿Le sucederá algo similar a Senac con una humanidad que le merece compasión, no porque se sienta del todo integrado a ella, sino porque descree de que pueda sobrevivir y salvarse de su autodestrucción recurrente?

  Volviendo al libro. La biblioteca de Senac es polifacética, como se comprenderá al leerlo, y cada libro tiene su ubicación irremplazable. Su lector es un comentarista, un poeta y un pensador. Cuando lo leo, pienso en lo que decía Juanjo Sena: que la literatura es una forma de la filosofía. Me parece que Borges lo dijo también. Y hace poco le escuché decir al filósofo español Javier Gomá que la filosofía tiene que ver con una sensibilidad literaria, no con la ciencia, como se ha insistido. La filosofía arriesga ficciones, no hipótesis; más que afirmar, interroga.
   El sentimiento místico y la idea religiosa campean sus reflexiones en concordancia con autores y circunstancias de su vida. Pero también se vislumbra una impotencia metafísica, cuando se pregunta cuál es su religión y no obtiene una respuesta. Me pregunto si su religión no es la literatura, y creo que podría ser una tentativa de unidad el hecho de explorar las distintas épocas y poéticas de las que se ha nutrido. Acaso un religioso deba idealizar a la humanidad para creer que la ama. En cambio, Senac podría ser tan pesimista como Schopenhauer, a pesar de que diga de él que “su error principal es el pesimismo excesivo”. Tal vez Senac esté libre de este exceso por su búsqueda de trascendencia y su sentido del humor, de los que el filósofo alemán prescindía o, en todo caso, abordaba la existencia desde una ironía hilarante, negra, como cuando escribe: “La muerte es el consuelo de los males de la vida y los males de la vida son el consuelo de la muerte. Gozamos, pues, de una situación envidiable”.  

   Volviendo al Senac que escribe. Hay que insistir. Hay que leerlo. Es un escritor necesario para todo momento, claro, sobrio, fuera de toda contingencia, hoy que todo está pautado por los discursos de la inmediatez. Un gran escritor de aquí y de cualquier lugar adonde llegue. La limpidez de su reflexión es fruto de una inteligencia sensible, capaz de deducir una mayor comprensión de lo que experimenta fuera y dentro del texto. Es un fruto iluminador, la manzana de un paraíso ficcional que se da a probar en lo que es la duda y el sentido de una acción, como en el mito adánico.

    Contrariamente a los detalles escrupulosos con que presenta el lugar y la fecha de nacimiento y muerte de los escritores que trata en el libro, en la solapa Eduardo Senac no deja sus datos personales, sólo sus publicaciones y actividades culturales, como diciendo: soy lo que hago, no de dónde vengo. Es posible que se sienta un cronista de lo más impersonal, un entrevistador furtivo de las existencias asombrosas, como a él le gusta decir.


                                                                              
                                                                                          Miguel de la Cruz
   




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