Neruda ha exaltado la vitalidad de la realidad inmediata en oposición al encierro libresco. Tiene ese verso: “Libro, cuando te cierro abro la vida”. Era otro tiempo cuando lo escribió, alguna autenticidad quedaba entre la gente, la naturaleza podía ser contemplada, con menos interferencias que en la aldea global y con más capacidad de asombro -lo que hoy se llama ingenuidad- para quedarse extasiado tras leer un par de odas en donde a las tijeras se las comparaba con un pájaro de las peluquerías y a la manzana con el queso de la vegetación. Hoy cuando se abre un libro, y nos gusta, salimos de la Matrix. (Si renacieras, Pablo, verías qué fea está la gente, más muerta que viva, y que los libros siguen siendo refugios de los solitarios que huimos de los aturdimientos como de la peste. Volverías a ser un solitario).
Claro, a Neruda no le convencía que un poeta publicara para otro poeta, había que buscar al lector lejano, recuperar la plaza pública, cada libro debía ir de mano en mano por la calles como el pan. Lo sabía por experiencia: “Como poeta activo combatí mi propio ensimismamiento. Por eso el debate entre lo real y lo subjetivo se decidió dentro de mi propio ser.” Hay épocas propensas a la poesía y otras no; no sé si en la democratización de la cultura estará contemplada la sensibilidad poética que viene con cada persona, ni tampoco si la enseñanza de la poesía es posible y si en la actualidad su falta de aprecio responde al tiempo acelerado con que el común mide la vida, o es que siempre fue así y no nos queremos acordar. El argumento de por qué la poesía no se lee, es porque su lenguaje es hermético. De Benedetti, el más leído entre los nuestros, se dirá que a su poesía sí se la aprecia porque es sencilla y se corresponde con los sentimientos mayoritarios de la gente. Tal vez; y no está mal. Pero a Benedetti le gustaba Vallejo, poeta nada fácil de leer, y hasta le dedicó un ensayo en el que analiza su poesía a la par de la de Neruda. O sea que también los sencillos leen a difíciles, de lo que se deduce que hay que leer de todo. Se decía que durante la dictadura (que seguimos llamando kafkianamente “El proceso”) prevaleció una poesía hermética como una forma de sortear la censura militar. Más que una estrategia, pareciera que determinadas épocas recrean su atmósfera en los creadores. Un país encerrado es como una cárcel que imposibilita la visión. Ya de por sí la poesía tiene una predisposición esquiva a mostrarlo todo de una vez. Es el encubrimiento del que habló Robert Graves tomando como ejemplo al ave fría en la poesía galesa que canta en un lado y tiene los huevos en otro, para disimular, como hace el tero en nuestra pampa.
Después de todo, huevos, embriones, óvulos y espermatozoides requieren de una vida oculta para desarrollarse.
Entre los autores que formarían mi biblioteca ideal, está Horacio Pilar, que me inspiró el título de esta nota, por un verso de su poema “Hay”, verbo que indica cantidad pero que en este caso concentra la unidad misma del poema, latente de paradojas y ambivalencias, como todo lo dicho hasta aquí.
Hay
En el centro hay un huevo,
No totalmente frágil,
Ni lleno,
Ni fértil.
No es frío aunque liso,
Un huevo en su palma,
Cielo en pluma de tierra,
Vuelo entre paréntesis.
Clueco de ambigüedad,
Huérfano de rectas,
Tripudo de sentido,
Ciego,
Colmado en su oriente,
Exacto,
Ambidiestro.
En el centro de todo poema,
Hay, emboscado,
Un huevo.
Horacio del Pilar
Poesía completa
ATUEL/Poesía, 2000
Miguel de la Cruz
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