Este blog está dedicado a un lector.

Se llamaba Domingo Gentile.

Al final de cada libro suyo consta las fechas en que lo leyó y releyó, en períodos que van, por ejemplo, desde el 13 de Septiembre de 1928 al 14 de Febrero de 1943 y el 16 de Noviembre de 1953, todos de muy fina encuadernación y armado como eran las ediciones de aquellas épocas. Algunos de los autores son: Zola, Dostoievsky, Heine, Eça de Queiroz.

La biblioteca de la Cooperativa Popular de Electricidad de Santa Rosa, lleva el nombre de Domingo Gentile.


lunes, 3 de octubre de 2016

Nadie cuenta completamente su vida por sí solo

  

   Miro gente en una publicidad televisiva y la música me hace sentirla buena,  esencial. Es un primer momento, porque enseguida los gestos, la forma que tienen de exagerar el saludo y saltar de izquierda a derecha, moviendo la cabeza en el mismo sentido, me hacen asociarla a gente que conozco y no soporto. Veo que la vulgaridad está siendo exaltada para confirmarle a una mayoría de televidentes  que su modo de actuar es el más realista y el que mejor garantiza vivir de acuerdo a la inmediatez, teniendo por todo futuro a los espectáculos en estadios donde alternan partidos de fútbol con recitales de bandas, campañas electorales con sectas de sanadores. La melodía acompasa sus movimientos en cámara lenta, modulándolos como un ecógrafo que se desplaza sobre el vientre de una embarazada. Los planos se estiran y contornean  en ángulos y barridos, proyectando sonrisas congeladas, pulgares hacia arriba, lenguas hacia fuera, y  gorras de béisbol al aire en todos sus colores.

  Mirando fotos de familia, veía  un conjunto selectivo de cosas y personas que los testimonios de mis mayores revestían de nostalgias, idealizaciones y anécdotas. Me costaba separarme de esas voces que me ilustraban lo que estaba mirando. A fuerza de repetirlas, terminaron representando un pasado glorioso o dramático donde la parentela y las amistadas fotografiadas cobraban el misterio que les daba estar muertos o ausentes desde hacía tiempo. Viendo el álbum en la cama, durante unas anginas de invierno, las palabras de mis padres cumplían la función de la música publicitaria en sus tonos persuasivos. Cuando les preguntaba quiénes eran los de las fotos, adónde quedaba determinado lugar y dónde estaban en ese momento aquellos tíos y primos que aparecían mucho más jóvenes que en la realidad, me contestaban que no sabían porque habían sido sacadas en un estudio, otras se las habían mandado sin datos en el reverso y otra en particular, debía haber sido sacada en un día de viento, por eso las mujeres se estaban agarrando de las polleras y los hombres de los sombreros. Algunos habían posado circunstancialmente, para un casamiento, y hablando de esto una vez,  mirando la fotos de mis padres recién casados, les pregunté por qué no estaba yo. Papá dijo que eso venía después, y mamá agregó: “claro”, sonriéndose. La pregunta los hizo irse de la pieza y yo me quedé feliz de volver al álbum y entrar en detalles cada vez más minuciosos. Podía ponerme a mirar un primo lejano de pose entera, con su nariz aguileña, su bigote recortado, las manos pesadas, y lo demás era el traje y el sombrero, los zapatos abultados que detonaban unos pies con problemas de formación. Me pasaba siempre que a primera vista lo sentía un poco bobo, le imaginaba un vozarrón áspero, empastado, todas ideas mías, por supuesto, ya que nunca lo había visto en persona, ni nadie sabía si seguía vivo o estaba muerto. Pero al fijarme en sus ojos pequeños veía la agudeza de un ave posada a gran altura, de una inteligencia fría, capaz de grandes certezas pero que se las guardaba para no alertar a sus presas, los que estaban abajo y que podían ser amistades, familiares, vecinos, visitas de circunstancias, que sólo los motivaba a observarlos como si los estudiara, lejos de complicarse en un afecto.




  
   Cuántos de éstos vestidos así, sólo uno con un piloto. Algunos se los veía de a caballo, lejos, en un vacío sin horizonte. Había una casa cubierta por una enredadera en  Mendoza, un tipo que sostenía la piedra movediza de Tandil y unos que posaban en una escalera frente a un ascensor en un departamento céntrico de Buenos Aires en los años cuarenta. A todos los enfocaba bajo la sensación de estar viéndolos en una doble imagen: la que veía y la de la vida que les imaginaba. Yo no había nacido  en ese  momento de la foto, con esa gente, en esos lugares. Me falta ser una imagen para alguien. Soy la misma inexistencia, el mismo vacío desde donde siento que miro las fotos y  la publicidad en la televisión. ¿Qué estaban representando esa gente, con qué sentimientos ocupaban el espacio donde se tomaba la foto? Una cosa era verlos en la imagen y otra sería escucharlos hablar fuera de cámara. Podía ser que sus formas de ser no coincidieran con esa impresión sublime que trasmite una imagen. El lugar fotografiado podía ser en realidad un detalle que sobresalía demasiado para ocultar la monotonía en la que crecía el hartazgo del que sacó la foto. Esas imágenes me ayudaban a curarme, cerraba los ojos y empezaban a moverse  en el interior de mi cabeza. Si me dormía, las imágenes solían prolongarse en el delirio que da la fiebre cuando  el cuerpo lucha con la enfermedad. ¿Dónde estaba yo en ese momento, desde dónde miraba? Al despertarme, sentía que tampoco había estado ahí, en el sueño. Era el vacío antes de nacer, no había estado en ninguna parte, apenas se insinuaba una posibilidad de ser una imagen o un espectador dentro de una sustancia muda, sin combinar aún; ni siquiera una célula embrionaria pulsaba en ese caldo primigenio de flujos y reacciones químicas que recorrían los cuerpos de mis futuros padres. Me faltaba el instante de ser engendrado como una imagen al ser captada por un lente, de la que luego nace una historia para ser contada en parte por otros, al principio, al medio y al final. Nadie cuenta completamente su vida por sí solo.


                                                                                       Miguel de la Cruz

                                                                  Del libro inédito “Prosas de vidas escondidas” 







La primera vez que vi un relámpago
no sabía hablar,
caminaba con dificultad entre sillas.
Fui llevado en brazos por alguien
que iba a levantar la ropa.
De pronto oí el silencio
y se hizo de día.
El anochecer se cargó
de espacios que flotaban atravesando el aire
con un olor a cobre recién fundido.
Aprendí a decir trueno antes que relámpago.
Va a tener buen oído, dijo un vecino.
Tendrá la visión del parpadeo
encendiendo y apagando lámparas
para confundir a los ojos,
                                                  dijo la bruja de su mujer.

   
                                                                              Miguel de la Cruz
                                                                          Del libro en elaboración “Primeras veces”


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