Miro gente en una publicidad televisiva y la
música me hace sentirla buena, esencial.
Es un primer momento, porque enseguida los gestos, la forma que tienen de
exagerar el saludo y saltar de izquierda a derecha, moviendo la cabeza en el
mismo sentido, me hacen asociarla a gente que conozco y no soporto. Veo que la
vulgaridad está siendo exaltada para confirmarle a una mayoría de televidentes que su modo de actuar es el más realista y el
que mejor garantiza vivir de acuerdo a la inmediatez, teniendo por todo futuro
a los espectáculos en estadios donde alternan partidos de fútbol con recitales
de bandas, campañas electorales con sectas de sanadores. La melodía acompasa
sus movimientos en cámara lenta, modulándolos como un ecógrafo que se desplaza
sobre el vientre de una embarazada. Los planos se estiran y contornean en ángulos y barridos, proyectando sonrisas
congeladas, pulgares hacia arriba, lenguas hacia fuera, y gorras de béisbol al aire en todos sus colores.
Mirando fotos de familia, veía un conjunto selectivo de cosas y personas que
los testimonios de mis mayores revestían de nostalgias, idealizaciones y
anécdotas. Me costaba separarme de esas voces que me ilustraban lo que estaba
mirando. A fuerza de repetirlas, terminaron representando un pasado glorioso o
dramático donde la parentela y las amistadas fotografiadas cobraban el misterio
que les daba estar muertos o ausentes desde hacía tiempo. Viendo el álbum en la
cama, durante unas anginas de invierno, las palabras de mis padres cumplían la
función de la música publicitaria en sus tonos persuasivos. Cuando les
preguntaba quiénes eran los de las fotos, adónde quedaba determinado lugar y
dónde estaban en ese momento aquellos tíos y primos que aparecían mucho más
jóvenes que en la realidad, me contestaban que no sabían porque habían sido
sacadas en un estudio, otras se las habían mandado sin datos en el reverso y
otra en particular, debía haber sido sacada en un día de viento, por eso las
mujeres se estaban agarrando de las polleras y los hombres de los sombreros. Algunos
habían posado circunstancialmente, para un casamiento, y hablando de esto una
vez, mirando la fotos de mis padres
recién casados, les pregunté por qué no estaba yo. Papá dijo que eso venía
después, y mamá agregó: “claro”, sonriéndose. La pregunta los hizo irse de la
pieza y yo me quedé feliz de volver al álbum y entrar en detalles cada vez más minuciosos.
Podía ponerme a mirar un primo lejano de pose entera, con su nariz aguileña, su
bigote recortado, las manos pesadas, y lo demás era el traje y el sombrero, los
zapatos abultados que detonaban unos pies con problemas de formación. Me pasaba
siempre que a primera vista lo sentía un poco bobo, le imaginaba un vozarrón
áspero, empastado, todas ideas mías, por supuesto, ya que nunca lo había visto
en persona, ni nadie sabía si seguía vivo o estaba muerto. Pero al fijarme en
sus ojos pequeños veía la agudeza de un ave posada a gran altura, de una inteligencia
fría, capaz de grandes certezas pero que se las guardaba para no alertar a sus
presas, los que estaban abajo y que podían ser amistades, familiares, vecinos,
visitas de circunstancias, que sólo los motivaba a observarlos como si los
estudiara, lejos de complicarse en un afecto.
Cuántos de éstos vestidos así, sólo uno con un
piloto. Algunos se los veía de a caballo, lejos, en un vacío sin horizonte.
Había una casa cubierta por una enredadera en
Mendoza, un tipo que sostenía la piedra movediza de Tandil y unos que
posaban en una escalera frente a un ascensor en un departamento céntrico de
Buenos Aires en los años cuarenta. A todos los enfocaba bajo la sensación de
estar viéndolos en una doble imagen: la que veía y la de la vida que les
imaginaba. Yo no había nacido en
ese momento de la foto, con esa gente,
en esos lugares. Me falta ser una imagen para alguien. Soy la misma
inexistencia, el mismo vacío desde donde siento que miro las fotos y la publicidad en la televisión. ¿Qué estaban
representando esa gente, con qué sentimientos ocupaban el espacio donde se
tomaba la foto? Una cosa era verlos en la imagen y otra sería escucharlos
hablar fuera de cámara. Podía ser que sus formas de ser no coincidieran con esa
impresión sublime que trasmite una imagen. El lugar fotografiado podía ser en
realidad un detalle que sobresalía demasiado para ocultar la monotonía en la
que crecía el hartazgo del que sacó la foto. Esas imágenes me ayudaban a
curarme, cerraba los ojos y empezaban a moverse
en el interior de mi cabeza. Si me dormía, las imágenes solían prolongarse
en el delirio que da la fiebre cuando el
cuerpo lucha con la enfermedad. ¿Dónde estaba yo en ese momento, desde dónde
miraba? Al despertarme, sentía que tampoco había estado ahí, en el sueño. Era
el vacío antes de nacer, no había estado en ninguna parte, apenas se insinuaba
una posibilidad de ser una imagen o un espectador dentro de una sustancia muda,
sin combinar aún; ni siquiera una célula embrionaria pulsaba en ese caldo primigenio
de flujos y reacciones químicas que recorrían los cuerpos de mis futuros padres.
Me faltaba el instante de ser engendrado como una imagen al ser captada por un
lente, de la que luego nace una historia para ser contada en parte por otros,
al principio, al medio y al final. Nadie cuenta completamente su vida por sí
solo.
Miguel de la Cruz
Del libro inédito “Prosas de vidas escondidas”
La primera vez que vi un relámpago
no sabía
hablar,
caminaba con
dificultad entre sillas.
Fui llevado
en brazos por alguien
que iba a
levantar la ropa.
De pronto oí
el silencio
y se hizo de
día.
El anochecer
se cargó
de espacios que
flotaban atravesando el aire
con un olor
a cobre recién fundido.
Aprendí a
decir trueno antes que relámpago.
Va a tener
buen oído, dijo un vecino.
Tendrá la
visión del parpadeo
encendiendo
y apagando lámparas
para
confundir a los ojos,
dijo la bruja de su mujer.
Miguel de la Cruz
Del libro en elaboración “Primeras veces”
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